Mi abuela materna –Ana- y paterna –Patrocinio- eran unas reposteras excepcionales… A la primera le salían unas natillas de chuparse los dedos: leche, huevos, azúcar y un buen puñado de aromática canela espolvoreado por la superficie de aquel premio para las papilas gustativas… Mi abuela Patrocinio era una maga combinando las almendras picadas y la miel con casi cualquier cosa… Cuando se aproximaban las Navidades y las Pascuas, se acercaba a un horno cercano –de los de antaño; de los que cocían el pan en su propio fuego-, se arremangaba y, a base de mover sin parar sus rollizos brazos, iba transformado la humilde harina en galletas crujientes, tortas esponjosas, bocaditos de coco o de yema que te llenaban la boca de sueños…
Mi santa madre, en cambio, no está tocada por los cielos con el don de la repostería. Es golosa; pero, en cuanto a elaboración de dulces, no va mucho más allá de las manzanas asadas al horno –que le salen bárbaras, eso sí-. No importa nada, la verdad… Por dos razones; la primera es que, en mi casa, todos somos de buen diente y conformar y, así, yo recuerdo como absolutamente gloriosos los flanes que –en épocas de estrechez económica- realizaba mi madre con los polvos de ''flan chino el Mandarín'' para darnos una modesta alegría los domingos; y la segunda razón es que la verdadera debilidad ''dulcera'' de mi familia es… ¡La fruta!
Así, en nuestras casas –la de mis abuelos, la mis tíos, la de mis padres, la mía-, no se pregunta jamás eso de ''¿qué quieres de postre?'', sino, siempre, ''¿qué quieres de fruta?'', nuestro ''postre'' por excelencia… Es más: cuando en mi familia ejercemos como anfitriones, nos miramos unos a otros extrañados cuando el –o los- invitados apartan de sí el frutero, surtido con toda clase de olores, colores y sabores tentadores con un ''no, gracias: no me gusta la fruta''… En determinados círculos y ambientes se siente recelo ante el abstemio, ante el que no sabe valorar un buen vino. En casa nos pasa lo mismo con los ''no fruteros'', ya lo siento y me disculpo de antemano ante ellos…
Mi padre –que lleva más de cuarenta años en el Cielo, gozando (como muy santo que era) del abrazo de Dios- salía de casa hacia el trabajo muy, muy temprano: casi con las luces del amanecer. Y se llevaba su ''almuerzo'', su refrigerio de media mañana: dos piezas de fruta que mi madre le escogía y le envolvía con todo su cariño de enamorada…
A mí, de muy enana, casi me salvó la vida la fruta; o, al menos, eso es lo que decía mi pediatra. No quería comer nada, pero nada de nada… Excepto los grandes platos de ''macedonia'' que mi madre me preparaba con todo lo disponible en ese momento, en esa temporada: plátanos, manzanas, peras, melocotones, uvas, melón, albaricoques, nísperos… Y, al final, tampoco he salido tan enclenque ni tan alfeñique que digamos…
Hace algunos años, en fin, visité Madeira y descubrí un ''nuevo continente frutal'': papayas, mangos, chirimoyas, frutas de la Pasión, ananás y bananas…
Para mí, las estaciones del año no se caracterizan por el calor, el frío o la atmósfera tibia, sino por las frutas que puedo de degustar: el invierno son las manzanas sonrojadas, como vergonzosas del olor a plenitud que llevan en su interior; y las mandarinas que son como un panal de rica miel; y las granadas rojas y laberínticas… Y, el verano, el aromático festival de higos, cerezas, ciruelas, albaricoques y melocotones con mejillas de doncella… Y el melón, que transforma el agua el néctar… Pero, siempre en la cima del frutero soñado y degustado, la naranja: ese prodigio esférico que lleva el calor del sol en su piel y en su pulpa…
A veces digo –medio en broma y medio en serio- que, por mucho me gusten las manzanas, nunca acabaré de creer que Eva fue tentada con una de ellas en el paraíso… No: la fruta del paraíso es la naranja. Agridulce, como mi existencia. Y como la existencia de todo hijo de vecino desde que pasó lo que pasó en el Edén…
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