Uno de mis hijos, que mantiene la costumbre –iniciada cuando era pequeño- de decirme lealmente lo que piensa, me comentó el domingo: ''Me alegro de que hayas vuelto a escribir en el blog; el último post me ha gustado… y creo que decepciones ambientales aparte, tienes cientos de cosas sencillas que contar con las que disfrutas mucho; no tienen que ser muy sofisticadas ni muy exclusivas, ni muy caras, basta que te hagan disfrutar''. Viendo que le seguía el razonamiento se creció: ''Por ejemplo, con una bonita puesta de sol''. Debí de traslucir algún gesto guasón porque finalizó su discurso. Yo pensé –bastante enternecido- que él había utilizado una manera cariñosa y delicada de darme respuesta a mi última pregunta: ''¿Dejo de escribir?''.
Estaba contento: un hijo me había animado a superar el ambiente progresivamente tenebroso que nos acogota y a encontrar para mí y para los amigos de Mayormente, causas y actividades con las que disfrutar. Llevaba toda la razón.
Como si hubiese sido una señal de partida para un domingo feliz, a continuación mi ''eldest'' nieta me cogió de la mano y me dijo: ''Oye, 'pónete' con la abuela y a sonreir''. Dejé de sorprenderme cuando vi que en la otra mano llevaba una Blackberry, robada a su tío, con la que estaba haciendo fotos familiares. A mi chica y a mi nos había llegado el turno: sonreímos, miramos al frente, le dijimos a la vez que no tapase el objetivo y nos estuvimos quietos mientras ella zarandeaba la cámara. Al final celebramos el fragmento de mi cabeza que había aparecido en la pantalla; nada del resto de mi cara y nada de mi chica: una imagen con un encuadre creativo. (He decidido no llevarla a ARCO para que no se envanezca prematuramente).
El aperitivo dominical estaba llegando a la última miga de las patatas fritas, pero el ambiente se caldeaba. Logré quedar con otro hijo para visitar la exposición de Bacon; conseguí que el segundo nieto parase un momento de fundir la Nintendo DS para contarme que era un Jedai y, para remate, mi ''youngest'' nieta que había practicado sus primeros pasos el día anterior, se soltó a andar como una loca y recorrió tambaleante varias veces la sala de estar. (Lo cierto es que gateaba con gran estilo y velocidad, pero parece que los andares también van a ser muy interesantes.) Los tres nietos ''bebés'' debieron detectar las buenas vibraciones y se entretuvieron chupando objetos de tamaño no peligroso dejando que sus padres y madres finalizasen la comida sin interrupciones.
En resumen: lo que se llama una fiesta. No terminaron ahí mis alegrías del fin de semana porque por varios lugares por los que paseé vi carteles de la campaña de Manos Unidas invitando a sumarse a un maravilloso proyecto solidario: ''Combatir el hambre, proyecto de todos''. Un slogan estimulante lanzado por esta organización que lleva ¡¡50 años!! haciendo el bien. Me gustó y decidí apoyarla aunque fuera modestamente. Entré en una iglesia y recogí los impresos para suscribirme como socio. Y allí no sólo encontré estos papeles sino otros dando cuenta de las actividades que habían llevado a cabo días antes. Esa Parroquia había estado toda la semana en tensión: del 2 al 8 proponían oración y austeridad personal y familiar que pudiese traducirse en una mayor sensibilidad solidaria con los que sufren el drama del hambre y para el viernes un día de ayuno ofreciendo a Manos Unidas lo ahorrado en ese día. Y, finalmente, el sábado y el domingo se había hecho una colecta extraordinaria en todas las misas.
Sinceramente, volví a casa algo reconfortado al pensar que miles y miles de personas, en miles de iglesias de toda España, habrían aportado algo de dinero y de oración por aquellos que sufren –y continuarán sufriendo- la violencia del hambre a diario.
Tristemente no pude redondear la felicidad ese domingo… porque en la prensa, en toda la prensa, se comunicaba que a Eluana, a Eluana Englaro, ya habían empezado a quitarle la vida.
Habían decidido hacerla morir de hambre y de sed. Me acordé de ella en esas horas durante las que le estuvieron arrebatando la vida, pidiendo que, al menos, no sufriese: no podría ni decirlo, ni defenderse.
A las 20.10 horas del lunes, varios días antes de cuando pronosticaban su muerte, entregó su alma a Dios. Y, junto al dolor, algo de consuelo, porque estoy seguro de que ese Padre bueno la acogerá junto a Él, con infinito amor, dándole descanso y felicidad por toda la eternidad.
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